Mujeres víctimas de acoso laboral

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Mantengo esta entrada para un futuro blog anónimo, porque aunque la sociedad se piense a sí misma como abierta e igualitaria, todavía se siente libre de condenarnos a nosotras las víctimas y no al victimario.

En esta entrada hablaré del acoso y machismo laboral, esta vez de un caso en particular.

Vivo en un pueblo que se cree ciudad en México, un pueblo que dejó de ser pueblo gracias a la inversión extranjera y apertura de nuevas maquiladoras desde hace unos 15 años. Como todos saben, un gran porcentaje de población femenina vive en la constante guerra por encontrar un empleo decentemente remunerado y un lugar de trabajo que permita sentirnos cómodas, ya qué destinaremos el 80% de nuestro día en el.

Al ser organizadora de varios eventos, recurrí a una empresa que nos ayudaría con el espacio para realizar cierto evento y cubrir las necesidades que nosotros requiriéramos. Todo el equipo tuvo excelente química, nos divertimos y el evento al final salió como esperábamos.

Tanto fue el éxito, que uno de los socios de este lugar me invitó a trabajar con ellos. Error.

Como toda recién contratada, no podía con mi emoción, ya que es una de las empresas más “cool” de la ciudad, me sentía parte de la farándula. Además la ubicación es encantadora y tenía acceso a todo el café y té de excelente calidad que quisiera.

Yo entré no siendo novata en el ámbito laboral, sino en pertenecer a una empresa pequeña con ambiente misógino, eso es algo en lo que sigo entrenándome (no debería, pero es la realidad).
Los primeros días fueron pasando, yo fui acomodando mis nuevas labores y haciendo todo lo que estaba a mi alcance. Mis dos jefes, los cuales consideraba mis nuevos amigos, me trataban con respeto y amenizaban mi convivencia con su equipo. Ahí es cuando empecé a avanzar en el extraño y difuso espectro entre amistad hacia el acoso sexual. Tengo que aclarar que esta persona además de ser 8 años mayor que yo y, aunque les moleste esta descripción, padece de obesidad mórbida. Aun así, siéndome lo más lejano a atractivo, era mi jefe, por lo que yo llevaba un trato jerárquico, y aunque fuéramos amigos, siempre mantuve mi papel de empleada.

Empezaron cosas pequeñas, esas cosas que se te hacen raras pero no puedes pensar o decir nada porque “¡Qué exagerada! Cosas como, pedir mi opinión sobre la de los demás, invitarme a sus fiestas de los fines de semana (a las cuales nunca fui), sacarme platicas personales en horas de trabajo, ir a hacer mandados de la oficina con él, asistir citas con clientes en restaurantes por la noche, entre otras “insignificantes” cosas. Como todo, las cosas se fueron degradando a un color más oscuro, empezaron los despeines, los masajes en los hombros nunca solicitados, los roces de pies “sin querer”, pequeños regalos en mi escritorio que fueron demeritándome ante mis compañeras, acciones que fueron haciéndome sentir, la verdad algo asqueada y confundida. No confundida porque no sabía si aceptar o no a este hombre, aclaro para todos aquellos lectores que creen que así es la forma de abordar una mujer, sino porque aunque yo supiera que era coqueteo, no sabía a quién ni como reportarlo.

Es aquí el motivo por el que escribo esta entrada, historia que me costó 5 años contar.

Si tú, lector, pensaste alguno de los siguientes puntos durante la lectura, haznos un favor a todos y corre a tomar un taller sobre el acoso laboral:

  1. Algo debió haber hecho ella para confundirlo.
  2. ¿Por qué no le dijo directamente que no quiere nada con él?
  3. No aguanta nada.
  4. Pues renuncia y busca otro trabajo.
  5. Cualquier opinión que justifique el comportamiento de él.

 

Déjenme explicarles estos puntos, puntos que NO deben ser explicados.

  1. Nunca hice nada para confundirlo, yo siempre traté a todo el equipo con el mismo respeto, aunque fueran hombres, mujeres, homosexuales, atractivos y no atractivos.
  2. Sí lo hice, contaré la escena posteriormente.
  3. Sí aguanté. Aguanté creyendo que se daría por vencido, que un día se daría cuenta y me dejaría en paz, manteniendo el mismo trato que obtuve de él mis primeros días en la empresa.
  4. Así fue, pero está es la más pobre y triste de las soluciones.
  5. En serio, ve a tratarte.

 

Avanzando en la historia, y en el espectro del acoso, estos pequeños tratos se fueron intensificando, como si una persona estuviera bailando todavía con más fuerza ante un ciego, para que este pueda ver sin saber que oye sus pasos. Como defensa personal, yo me iba comportando más indiferente hacia él, siempre con respeto, pero manteniendo mí distancia. Me acomodé en un asiento lejos de su lugar de trabajo, no contestaba sus mensajes y llamadas fuera de mi hora laboral (aunque fueran referentes al trabajo) y ponía excusas para esas juntar tardías con clientes. Pero él comenzó a bailar con mayor fuerza, tanta que puso una maquina en mi escritorio para tener que moverme al libre asiento que estaba enseguida de él, a acercarse a mí y pegar sus dos rodillas a mi cuerpo, a hacer los despeines, los masajes y los toques todavía con mayor recurrencia y fuerza. Me encantaba mi trabajo, me encantaba ver mis resultados y para una estudiante era una paga bastante decente, no quería perderlo.

Una noche, me pidió que me quedara porque necesitaba platicarme algo referente al trabajo, fue entonces que decidí enfrentarlo. Me quedé, me ofreció una cerveza la cual rechacé, y fue cuando después de alagarme, me pidió una oportunidad de salir conmigo. No, le dije. Lo dije de la forma más respetuosa posible, pero un incambiable NO.

Al llegar a mi casa me sentía libre y esperanzada de que las cosas cambiarían. Sin saber que bailaría todavía más fuerte.

Al día siguiente llegué, me instalé y comencé mis labores como todos los días lo hacía. Tristemente, no tenía ningún tipo de trato con mis compañeras, una parte porque rechacé a su amigo y otra porque él se encargó de demeritarme ante mi equipo. Y como todo mi trabajo lo había hecho siempre reportándole directamente a él, seguí haciéndolo, solo que esa semana llegó vistiendo unos lentes oscuros que amenizaban con su cara molesta con el mundo. Bueno, pensé, sí fui yo “la de la culpa”, pero esto pasará y volveremos a ser el equipo de antes. Le hacía preguntas, él me contestaba con monosílabas y sin contacto visual, no importa, pensé, esto pasará.

Una semana habrá pasado cuando volvió a tratarme mejor y yo volví a creer en la empresa que me había contratado. Esta vez no fue gradual, después de esta buena semana, brincó a comentarios con odio y ordenes en voz alta.

Hubo una ocasión en la cual, gritando y con cara roja de enojó me ordenó ponerme un suéter que había dejado una compañera porque yo tenía frio, otro día en una reunión a solas con él de la nada me preguntó si yo twerkeaba, que tenía cuerpo de saber twerkear y hacerlo bien, ignorando estos comentarios yo seguí hablando sobre mis labores, a lo que el terminó ordenándome que twerkeara, obviamente, enojada salí de la oficina. Además comencé a recibir regaños y humillaciones en frente de mis compañeros.

Ante todo esto, decidí agarrar mis cosas y mudarme a una oficina abierta que estaban rentando. Él, al ver su derrota, llegó a ordenarme que regresará a mi lugar, cordialmente le dije que no, que me sentía más cómoda ahí. Ante las personas que rentaban este lugar abierto, levantó la voz, ordenándome fuera con él para platicar conmigo, recibí gritos y cansada de todo esto lloré. Víctimas, ustedes comprenden este llanto, no es llanto de tristeza, es llanto de impotencia y coraje. Coraje por haber perdido una batalla la cual nunca quise ni debería de estar luchando. Estaba cansada, molesta, pero sobre todo agotada. Fue cuando “enternecí” a mi agresor y decidió tomar la horrenda decisión de abrazarme, queda de más decir que era lo último que quería de él. Así mismo, me dijo que ya no sabía que hacer, que siempre trató de darme lo mejor y tenerme en las nubes. No podía creer que ante todo este abuso de poder y acoso físico, el fielmente creyera que fue un héroe y nunca mi agresor. Eso yo ya no puedo cambiar.

Al día siguiente, deprimida en mi cama ante mi derrota, envíe un mensaje a todos mis compañeros retirándome de mis labores en la empresa.

Hasta la fecha, sigo preguntándome que hice mal, que puedo hacer diferente y qué aprendí de esto. La respuesta es: Nada.

Si volviera a vivir esto volvería a hacer lo mismo, porque la que debe de aprender no soy yo, es él. Me costó comprender que yo no debo de mutar, es la predisposición que tiene la sociedad para pedir explicaciones a las víctimas y justificar al agresor.

Lamento mucho admitir que inclusive mi padre no comprendió mi renuncia, “No era para tanto” fue lo que dijo. Y amigos que escuchan la historia repiten comentarios como “pobre, lo friendzoneaste”.

Ya pasaron 5 años y aún no puedo mostrar mi cara ni la de esta persona.

No quiero ni pienso hacerlo, no quiero justicia, no quiero protesta, no le deseo el mal. Deseo que esto no vuelva a pasar, porque mientras más me voy adentrando a la vida laboral, más me voy dando cuenta que este no es un caso aislado. Qué esto pasa, si no en todas, en la mayoría de las empresas.

Es por esto que abro este blog. No para denunciar, sino para anunciar que la misoginia laboral existe, y ante la escasez de ofertas laborales el abuso de poder se hace más latente.

Sí tienes una historia que contar te invito a escribirme al siguiente correo: julscastrog@gmail.com , lascartasdejulia@gmail.com y no puedes encontrar en OAFLE ART.A.C. EN FACEBOOK Y TWITTER. 

 

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2 comentarios

  1. He leido detenidamente tu relato y a pesar de su dureza, me da gusto que te hayas atrevido a escribirlo y publicarlo.Hacen falta voces como la tuya que denuncien estos desagradables dramas a los que nos tenemos que enfrentar. Por desgracia, tu historia es mas comun de lo que imaginas y no hace falta vivir en un pueblo pequeno de Mexico para ser victimas de algo asi.

    No es necesario que justifiques aqui como actuaste. Aunque hubieras tenido la minima intenciòn de seguirle el rollo al tipo en cuestiòn, sòlo tu decides hasta donde quieres llegar.

    Los hombres tienen grandes dificultades en aceptar un no como respuesta. No han sido educados para ello. La sociedad espera de nosotras un comportamiento ejemplar y nunca somos suficientemente buenas ni respetables.

    Espero que la experiencia te haya hecho mas fuerte y ojala pronto puedas de dejar de dedicarle mas de tu precioso tiempo a pensar en los porqués y los comos de lo que has vivido. No aceptes que nadie menosprecie las razones que has tenido para tomar las decisiones que tomas. No eres una exagerada, ni una delicada. Eres una persona que ha sufrido una situacion de acoso grave y mereces ser escuchada. Un abrazo.

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    • Muchas gracias por leer mi blog, esta fue una denuncia anónima de quien ahora se ha hecho mi amiga, sin duda me animo tambien a publicar la última entrada de algo que me sucedio a mi y que no sabía si publicar o no, considero que poco a poco vamos tomando esa fortaleza y despojándonos de ese miedo, muchas gracias, estamos aquí para ayudarnos unas a otras, bendiciones siempre.

      Le gusta a 1 persona

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